sábado, 5 de mayo de 2007

Eterovic y Heredia (y II)

Puede decirse que Heredia forma ya parte del imaginario colectivo del lector aficionado al neopolicial latinoamericano. Su impacto ha calado hasta el punto de que la Televisión Nacional de Chile ha emitido una miniserie llamada Heredia & Asociados.
Heredia, personaje sin nombre de pila, o mejor dicho, con un nombre algo estrambótico que no se menciona ni se mencionará en ninguna de sus historias[4], es un detective privado que vive en un departamento de un barrio marginal de Santiago, cerca del río Mapocho. En la primera novela en la que aparece, La ciudad está triste (1987), ronda los cuarenta pero no se librará de cumplir años en las sucesivas.

Es un tipo solitario aficionado a los vicios: tabaquismo, alcohol, y citas literarias. Tampoco se priva de apostar a las carreras de caballos, lo que le permite financiar algunos de sus gastos. Está muy lejos de los detectives sibaritas de la novela problema: a veces su comida es la misma que la de su gato pero al igual que muchos de los protagonistas del hard-boiled le caracteriza un acentuado humor negro y un espíritu irónico y crítico cargado de fuerte escepticismo.

Durante la dictadura Heredia comienza Derecho pero poco después abandona la carrera al comprender que la justicia se mueve por otra parte[5]; ejerce diversos oficios hasta que su sentido ético y de justicia le lleva a ser detective privado. A pesar de las dificultades está contento con su modo de vida: me gusta lo que hago y creo que no son muchos los tipos que pueden decir lo mismo[6]. Heredia lucha por sus ideales y combate la hipocresía de los nuevos tiempos a golpe de memoria. Para él el olvido es el peor de los métodos en los que puede sustentarse el desarrollo de un país. La memoria se convierte así en una obsesión que lo perturba y redime a la vez[7].

Según Díaz Eterovic,
Heredia es un detective construido a la usanza de los personajes clásicos del género, pero con otras características de lenguaje, sicológicas, aptitudes y visión de mundo que lo distancian, le dan otra personalidad y lo ubican en una realidad como la chilena, que es en la cual él se desarrolla y actúa desde sus orígenes[8].

Bajo su disfraz de hombre duro y pesimista, Heredia es un sentimental y un personaje entrañable en muchos momentos. Su situación económica le importa lo mínimo y como él mismo reconoce se hace un poquito más pobre cada vez que entra a una librería (es un gran aficionado a la novela negra).

Sus amigos incondicionales son su gato Simenon y Anselmo, un anciano que regenta un boliche de periódicos y que le ayuda en sus investigaciones. Simenon (el nombre es un evidente homenaje al escritor belga) es un vagabundo gato blanco con el que Heredia conversa. Funciona como un interlocutor a través del cual Heredia proyecta lo más profundo de su personalidad. Simenon es algo así como la conciencia de Heredia que le dice en muchos casos lo que éste no quiere escuchar de sí mismo y le hace reflexionar. Es el único elemento mágico[9] que aparece a lo largo del discurso realista de las novelas de Heredia.

Heredia es la excusa perfecta para contar la realidad de Chile. Está ligado intrínsecamente a la ciudad donde vive: Santiago. No sería él mismo en otro país, en otra ciudad. A través de este personaje, Díaz Eterovic rescata barrios, calles, bares y otros lugares que forman parte de la cultura de una época y que están cambiando o desapareciendo de forma progresiva.
Como suele ocurrir en estos casos, personaje y autor acaban por intercambiar sus mundos. Heredia se hace cada vez más real a la vez que Díaz Eterovic se convierte en personaje de ficción de sus propias novelas. Heredia dice conocer a un tal Díaz Eterovic que de vez en cuando cuenta historias sobre él.

Si uno de los factores que hacen que una novela de género tenga atractivo para el lector es que ésta ofrezca elementos reconocibles del código y que logre, no obstante, sorprender con algo nuevo y original, las novelas de Heredia lo consiguen. Díaz Eterovic traspasa los límites de un género de arraigada tradición norteamericana para darle un tono más propio, más latino. El pesimismo localista de la novela negra estadounidense deja paso a un desencanto con raíces más hondas que tiene que ver con la visión del Estado como criminal. Heredia mantiene una actitud escéptica sobre su labor porque cree que todo el sistema en general está corrupto. Aunque se resuelva el caso siempre quedará en el lector un regusto amargo al terminar la novela. No es, sin embargo, la de Díaz Eterovic una escritura nihilista pues mantiene siempre una dirección ética. De ahí la paradoja de su personaje: descreimiento e idealismo se mezclan a partes iguales en la personalidad de Heredia.

NOTAS
[1] Ramón Díaz Eterovic, “A propósito de Heredia y su mundo”, en Guillermo García-Corales y Mirian Pino, Poder y crimen en la narrativa chilena contemporánea (Las novelas de Heredia), Santiago, Mosquito, 2002, págs. 11-15 (11).
[2] Íbidem.
[3] Íbidem, págs. 11-12.
[4] Ramón Díaz Eterovic, “A propósito de Heredia y su mundo”, en Guillermo García-Corales y Mirian Pino, Poder y crimen en la narrativa chilena contemporánea (Las novelas de Heredia), Santiago, Mosquito, 2002, págs. 11-15 (15).
[5] Ramón Díaz Eterovic, La ciudad está triste, Santiago, Sinfronteras, 1987, pág. 10.
[6] Íbidem, pág. 11.
[7] Guillermo García-Corales y Mirian Pino, “Nostalgia y melancolía en Ángeles y Solitarios”, en Guillermo García-Corales y Mirian Pino, Poder y crimen en la narrativa chilena contemporánea (Las novelas de Heredia), Santiago, Mosquito, 2002, págs. 133-147 (140).
[8] Ramón Díaz Eterovic, “A propósito de Heredia y su mundo”, en Guillermo García-Corales y Mirian Pino, Poder y crimen en la narrativa chilena contemporánea (Las novelas de Heredia), págs. 11-15 (13).
[9] Guillermo García-Corales y Mirian Pino, “Nostalgia y Melancolía en Ángeles y Solitarios”, en Guillermo García-Corales y Mirian Pino, Poder y crimen en la narrativa chilena contemporánea (Las novelas de Heredia), págs. 133-147 (145).


IRENE SÁNCHEZ VELASCO
(foto de Diaz Eterovic, gracias a Zeki)