domingo, 29 de julio de 2007

GUÍA DE AUDICIÓN para Música para los muertos

GUÍA DE AUDICIÓN para Música para los muertos de Luis Gutiérrez Maluenda


El autor bautiza cada capítulo de la novela con el título de una canción compuesta por Edward Duke Ellington y Billy Strayhorn – una suerte de Lennon y McCartney del jazz – cuya música (compuesta entre 1927 a 1974) - abarca desde sencillos bailes llenapistas a suites clásicas y conciertos sacros que durante cinco décadas, infatigablemente, interpretó de tugurios de Harlem a las catedrales góticas la Duke Ellington big band. Hoy en día, el repertorio de Ellingngton y Strayhorn está considerado música clásica del siglo XX. Tal vez, si algún lector quisiera escoltar su lectura con música, quizá no rechace esta B.S.O. (banda sonora oficiosa) de la novela.


Capítulo I .Take the “A” train
Es, por excelencia, tema introductorio y prefacial (¡bonito palabro!) allá donde los haya. Así lo entendieron los Rolling Stones en su gira de 1982[1] o Tony Bennett, el crooner díscolo, que la utiliza - segmentada - como puente entre los temas de Hot and Cool (1999) el disco que dedicó al Duque. Es música de raíl, ferroviaria y urbana. Sobre un incansable traqueteo viajan- según la ocasión - un puñado de solistas de Ellington. Propongo la alborazada y saludable versión de la banda sonora de Paris Blues (1961), en este caso engalanada, con trombón, saxo tenor y trompeta con sordina. Dan ganas de subirse en marcha.

Capítulo II Lush Life
La Canción (así, con mayúsculas) de Billy Strayhorn. Balada melancólica, lejana y desesperada. Una suerte de lieder en clave de jazz cuya difícil estructura que se desenreda en intrincados tempos la hacen tan atractivo como difícil de abordar (el mismísimo Sinatra, tras bregar con ella en varias ocasiones acabó por desistir). Sin embargo, su colega del Rat Pack, el gran (e infravalorado) Sammy Davis Jr en The Wham of Sam (1961) la tumbó – dando a la exigente canción la resignada desesperación y contenido dolor que demanda - de un sentido tirón.

Capítulo III. Mood indigo
Allá por 1961 se produjo el tan incomprensiblemente postpuesto, como a la postre ineludible, encuentro entre el Duque y el Rey[2] del jazz. Como corresponde a toda reunión en la cumbre de la nobleza, las negociaciones fueron arduas hasta conseguir un acuerdo que garantizase ningún ego quedaría herido ni dignidad dañada más allá de todo reparo, enmienda o consuelo.

El Duque se incorporó al grupo de Satchmo que, por aquel entonces, contaba con el gran claritenista y ex –ellingtoniano Barney Bigard quién escolta una versión elegíaca, solemne y cálida, digna de desfile funeral por las calles de Nueva Orleans. Louis Armstrong la scatea y deconstruye, paladeando con garganta de lija y evidente placer, cada sílaba y compás.


Capítulo IV. Passion Flower
Desesperadamente triste balada que, narrada por el gran Johnny Hodges el eterno saxo alto de la orquesta de Ellington, sobrevuela majestuosa. La versión incluida en Blue Rose disco de 1955 de la cantante Rosemary Clooney[3] es de una belleza sobrecogedora.
Capítulo V. Diminuendo and Crescendo in Blue
Si bien es un tema antiguo, favorito de los parroquianos del Cotton Club en la década de los 20, no cabe sino recomendar la versión registrada en el Festival de Newport de 1956, donde la orquesta del Duque demostró a críticos y desavisados que estaba por encima de bopes y bebopes y vanguardias y retaguardias, gracias al espontáneo, incesante (más de 27 choruses), furioso, hipnótico y trepidente solo de Paul Gonsalves (infravalorado saxo tenor de formación y de sonoridad colemanhawksiana ) que enfervorizó al público asistente hasta llevarle al borde del altercado público.


Capítulo VI. Satin Doll
El riff de viento más pegadizo e infeccioso de la historia del jazz. Absolutamente imposible no silbarlo. Si bien las versiones del tema son cuasi infinitas, destaca sobre todas El hombre de los caramelos[4] de una Orquesta Mondragón cosecha 1979: cabaretera, burlesca y avodevilada que, encabezada por Javier Gurruchaga (antes de ahormarse al gusto popular interpretándose a si mismo como bufón políticamente correcto), se lo pasaba como Dios, desdeñando modas y corsés que limitasen su inigualable capacidad de escandalizar y divertirse.


Capítulo VII. Rude Interlude
El Cotton Club reunía sofisticación y exotismo, nunca mejor ilustrado que en esta lánguida canción de 1929, de largas y perezosas cadencias, tarareada (más que cantada) con naturalidad e indiferencia, por Louis Bacon, mientras se toma un martini y se arregla con discreción, la pajarita del smoking.


Capítulo VIII .Something to live for
Susannah McCorkle nació en la época, lugar y color de piel equivocado. En tiempos de punks, nuevas olas y technos varios se empeñó en desarrollar a contracorriente, con pulcritud y elegancia de neoyorkina fashion y blanca, un repertorio basado en las grandes canciones del siglo XX. Entre ellas, claro, se encuentra esta poderosa balada (caballo de batalla para tod@ cantante de jazz que se precie) que canta con gusto y suavidad evitando caer en excesos o exageraciones. La canción se encuentra incluida en From broken hearts to blue skies (1999).

Capítulo IX. Sophisticated lady

Suave y aterciopelada balada cuya enorme elegancia provoca que, en manos poco capaces, se cocktalice y vulgarizase convertiéndose en inocua e intrascendente pitanza de piano – bar para cincuentones. La seria y robusta versión de George Coleman (recio saxo tenor de severa sonoridad hard bop ) y el enorme Tete Montoliú, incluida en Meditation, su disco conjunto de 1977, explora sin concesiones e infatigable (¡durante más de 15 minutos!) todos los recovecos y vericuetos del tema.


Capítulo X. VIP´S Boogie
Para entendernos, este tema sería, el equivalente a un pasodoble, ellingtonianamente hablando, que permitía un desmadre (más o menos controlado) del banquillo de la orquestas, es decir aquellos instrumentistas que no solían tener asignados solos preeminentes; y solía desembocar en Jam with Sam, tema pirotécnico y exhibicionista, para seguir entendiéndonos sería equivalente a un pasacalles a la ellington alegre y despendolado. La versión de 1953 de los Conciertos de Pasadena es particularmente alborozada.


Capítulo XI. Things ain´t what it used to be
Tema, por así decirlo, hijo de Take the A train. En Piano reflections (1953) uno de sus escasos discos de piano, el Duque lo toca con bajo y batería con su inimitable estilo al teclado: tocando lo justo - como si despegase los dedos de las teclas - para desmenuzar los temas hasta dejarlos en hechos un puro pellejo. Gran versión.


Capítulo XII. Saturday Night Function
A lo largo de la noche la respiración colectiva del Cotton Club se contenía - mientras las bailarinas desfilaban por la pasarela hasta el escenario - a los sones de este brioso tema de 1934, en el que la orquesta del Duque, sigue como un solo hombre, al impetuoso clarinete de Barney Bigard que lidera la marcha y marca el paso con precisión y sin titubeos.


Capítulo XIII .Bad Blood
Esta canción no es del repertorio ellingtoniano. Ni podría serlo jamás. Es un blues interpretado con las vísceras, empapuzado de pringoso piano boogie, saxo humeante e intensidad canalla por Champion Jack Dupree. Adecuadamente anticlimática coda. Auténtica música para los muertos.



NOTAS:
[1] En la mítica visita a Madrid de la banda, los Dioses tuvieron a bien colaborar en el espectáculo haciendo crepitar unos rayitos y derramando una (so)manta de agua sobre un Mick Jagger vestido de lagarterana y un achicharrado y sufrido publico que había desembolsado 5,50 doblones (900 piastras de aquel entonces) para ver al legendario banda despedirse de los escenarios(je,je,je).
[2] No insultaré al lector especificando su nombre.
[3] Tía de George. En serio.
[4] Inolvidable letra del malogrado Eduardo Haro Ibars sobre esa entrañable figura popular - encarnada por el tarado del barrio, el pervertido de la zona o, si así se terciaba, el tonto del pueblo - que tantas tardes de colegio alegró, con sugus y sacis al módico precio de un par de (in)discretas miradas. Hoy en día, lamentablemente, tanto la envergadura y tonelaje del adoslescent@ medio – contra quienes los dulces pervertidos no resistirían ni media oblea – como su desmedida sapiencia sexual que les ha dejado sin ápice de curiosidad por el tema han desterrado a tan cordiales personajes del paisaje urbano.

LUIS DE LUIS