viernes, 27 de julio de 2007

Musica para los muertos

Música para los muertos, Luis Gutiérrez, Tropismos, 2007
Recuerdo una columna de Elvira Lindo, escrita desde Manhattan, en la que, sorprendida y desconcertada, se quejaba de haber encontrado tirado en el suelo de una librería de saldo un ejemplar de la autobiografía de Louis Armstrong. No comprendía la falta de respeto e indiferencia de los lectores y propietarios de la librería con el libro de una figura tan mítica como legendaria, símbolo de los USA.

Es comprensible su perplejidad ,al fin y al cabo, ella proviene del un barrio de una capital de provincia del Imperio y, ella, como usted como yo, creció en absoluto convencimiento de que la República era lugar mítico, una suerte de País de nunca Jamás en clave de jazz, pulp y glorioso blanco y negro, poblada por saxofonistas, detectives y gangsteres en lugar de indios, piratas y hadas.

Quizás en el Manhattan del Nuevo Milenio no quede rastro alguno del Nueva York de cine o quizás, sospecho que ese Paraíso que nunca debió existir; salvo en los ojos embelesados y mentes fascinadas de lectores y espectadores, como yo, como ustedes, como Luis Gutiérrez Maluenda un escrittor catalán que ha hecho suyo un espacio literario yanki, mítico y eterno.

Ha escrito un libro conscientemente chandleriano, que trasciende el homenaje, la pirueta metalieraria o el pastiche más o menos resabiado. Si Marlowe peregrinaba por Los Ángeles y Toby Peters se codeaba con las estrellas del cine; Winowsky transita por Nueva York y alterna con los grandes del jazz. Ahí terminan las diferencias. Esta novela no rehuye su genealogía. Es una digna y orgullosa hija de Chandler y nieta de Stuart Kaminsky. Es la gran novela inédita de Philip Toby Marlowe Peters. Narrada en primera persona por Mike Winowsky - un sabueso de mala muerte - mediante reflexiones cínicamente distantes e irónicamente resignadas, mientras recorre callejones, garitos y clubs de jazz del Manhattan mítico, reluciente de neón y alquitrán, en la encrucijada de los años 40 con los 50, poblado de hembras de raza, matones a sueldo, herederas díscolas e almas a la deriva.

Es una novela veraz y verosímil. El autor sabe de lo que habla, se nota que ( como si hubiera nacido en la esquina de la calle 52 con la Avenida Lexington) ama Nueva York, porque, en última instancia, esta es la novela de esa ciudad, La Ciudad y que ha disfrutado escribiéndola tanto como el lector que guste de las narraciones clásicas leyéndola.
Y eso es mucho, pero que mucho disfrute.
LUIS DE LUIS