domingo, 4 de enero de 2009

Saca el kleenex, Sam

No se sorprendan con el título de estas notas, pues ya sé que la mítica frase que en la película Casablanca dirige Humphrey Bogart a su pianista no es ésa, sino Tócala otra vez, Sam, pero me pareció una buena imagen de un fenómeno que parece haber florecido en buena parte de las novelas de género negro.

En los últimos tiempos nos encontramos con una serie de novelas del género detectivesco que, además de contarnos con mayor o menor fortuna historias de intriga, negras o detectivescas, nos ofrecen un fresco de las historias particulares de sus protagonistas, pero subrayando los aspectos más tristes y melancólicos de las mismas.
Es cierto que en las primeras épocas de la novela de intriga, se nos proponían personajes de los que prácticamente nos sabíamos nada de sus vidas, orígenes y circunstancias, que además se dibujaban como estereotipos simplones, llegando al extremo, como el protagonista de las novelas de Bill Pronzini, en que no se nos daba ni el nombre del detective protagonista.

Pero de esa forma de presentación de personajes se está pasando a unas novelas, en las que los avatares personales, familiares o médicos de los protagonistas, ocupan una proporción altísima del texto y la trama, y algunas veces me quedo con la sensación de que en lugar de estar leyendo una novela de intriga, me están dando una historia de personajes, que en algunos casos resultan interesantes, pero en demasiadas ocasiones, terminan siendo absurdos, cuando no directamente tontos.
Stefan Lindman, Kurt Wallander y Linda Wallander
En esta línea han aparecido un tipo de protagonistas, que lejos del cinismo, o soberbia inteligencia de los clásicos arquetipos de detectives o investigadores, se nos muestran como personas dolientes, gimientes, que tienen un triste discurrir por la existencia, atravesados por historias traumáticas o por desazones personales, que marcan su postura vital. Es lo que llamo los nuevos detectives llorones, que nos castigan con sus tristes historias a lo largo de las novelas, haciéndonos bostezar, cuando no directamente irritándonos, dejando las historias que investigan, como una triste excusa argumental para contar tremendas historias traumáticas sobre la vida del protagonista, o del ambiente que le rodea. Por citar algunos ejemplos, se me ocurren los casos de las novelas de Henning Mankell, con su triste Kurt Wallander, que con tramas muy interesantes, me aburre soberanamente con las penas del protagonista. Un caso parecido me resulta el detective Harry Bosch, de Michael Connelly, que con estupendos casos detectivescos, parece un dechado de desgracias personales, que particularmente me resultan difuminadoras del ritmo de la narración. Ejemplos más recientes resultan los de Y punto de Mercedes Castro, que tras plantear la trama de la novela nos castiga con doscientas, -200-, páginas contándonos las peripecias personales, familiares y profesionales de su inspectora Clara Deza, durante las cuales no se si me he comprado una novela detectivesca, o un episodio de la serie Aida ... y encima con menos gracia que dicha serie.
Diane Wei Liang
Finalmente citaría a Diane Wei Liang, con una pizpireta detective china, que parece dedicarse más a resolver los lados oscuros de su vida familiar, pasando muy, pero que muy por encima de la trama que aparentemente se nos había propuesto.

No sé si este fenómeno, se debe a un lógico devenir del género, que se ha ido haciendo mayor, o que en la búsqueda de nuevos tipos literarios, se ha derivado en esta fórmula, pero tengo mis dudas de que éste sea un devenir propio del género detectivesco. Tengo, por el contrario, la sensación de que esto se debe a la irrupción de gran número de escritores de mainstream, o generalistas que, habiendo fracasado en esa línea más literaria o psicológica, se acercan al género como excusa, con la pretensión de darle una profundidad que en demasiadas ocasiones no pasa de ser turbiedad.
Ross Macdonald
Podría entenderse este fenómeno como una reacción a la excesiva simplicidad en la propuesta de personajes de muchas novelas negras, lo cual en parte es cierto, pues en demasiados casos la trama y la acción están por delante de los protagonistas, algo de lo que muchos autores son plenamente conscientes. Pero el fenómeno de contarnos con pelos y señales la cotidianeidad de los protagonistas, en la benéfica ilusión de hacerlos más cercanos, no tengo claro que enriquezca las novelas, al revés, con frecuencia las convierte directamente en culebrones sentimentales de baja estofa.

De igual forma, y siento que mis palabras puedan ser objeto de polémica, creo que se ha llegado a una falsa feminización del género, en el sentido de resaltar artificialmente los aspectos más referidos a la personalidad y las emociones de los protagonistas, más que a la trama en la que se inscribe la novela, con objeto de hacer más digerible para el público femenino unas historias que, en demasiadas ocasiones estaban trufadas de estereotipos con demasiada testosterona, o con una chulería a veces risible.
Minette Walters
Y, con esto no afirmo que a lo largo de la historia de la novela negra, o de intriga no se hayan tratado profundas disquisiciones de orden personal o sentimental, pues hay múltiples ejemplos, pudiendo citar a la pareja de escritores Ross Macdonald y Margaret Millar, que además de pareja, escribieron cada uno por separado, unas novelas de una finura y una profundidad en los vericuetos sentimentales como pocos escritores han logrado. Lo mismo se puede decir del gran Simenon y los casos de su inspector Maigret, que nos propuso una de las panoplias de personajes y motivaciones más ricas de la historia de la literatura. Y finalmente citaré a una autora más cercana en el tiempo como es Minette Walters, que en sus novelas hace algunas de las disecciones de la personalidad más profundas e implacables que se hayan escrito jamás, siempre inscritas dentro de poderosas tramas de intriga.

Creo que se pueden hacer muy buenas novelas de género, con buenos personajes, sin caer en un cotidianismo ramplón, o un sentimentalismo ortopédico, y como ejemplo podemos tomar la película que enmarca el título de estas notas, Casablanca, que es un ejemplo paradigmático de como una gran historia de amor convive con una historia de acción.

JOSÉ MORIARTY

2 comentarios:

des dijo...

Magnifica entrada. Estoy totalmente de acuerdo. Hay otras salidas a buscar lo novedoso en la novela negra que no sean a través de la lágrima fácil.

Se me ocurre el caso de “Automatanza” de Steve Ayllet. Para mi magnifica....

:-)

Pacofis dijo...

Los llorones tambien tienen dercho a vivir