martes, 14 de febrero de 2012

El peor trabajo posible

Después de tres horas, espalda, rodillas, brazos y hombros me estaban mutando. Me acordé de mi padre y de sus amigotes sentados en el porche trasero de la casa de Laurel Canyon, bebiendo bourbon con agua y jugando a “el peor trabajo posible”, cada propuesta intentando superar a la anterior.
Empleado de gasolinera
Botones.
Mozo de cuadra.
Taxista.
Inseminador de vacas.
Vigilante nocturno.
Profesor de instituto.
Este último lo propuso mi padre. El triunfo que aplastó a todos los anteriores y que puso fin al juego entre carcajadas. Casi todos ellos habían sido profesores de instituto en algún momento antes de entrar a formar parte de la industria del cine.

Charlie Huston, El arte místico de limpiar los rastros de la muerte, Mondadori.